
El amor, como sentimiento, ocurre en el cerebro, por más que siempre se lo atribuye a una cuestión del corazón, un simple músculo bombeador de sangre. Y desde el órgano jefe, las consecuencias de ese estado y esas emociones influyen en el resto del cuerpo. Aquí vale repasar todas esas incidencias.
Cada vez más investigaciones coinciden en que las relaciones significativas tienen un impacto real en la salud humana. Desde una mirada biológica, amar y recibir amor no es solo una experiencia emocional: es también una necesidad para el cuerpo. La interacción humana, el contacto afectivo y la construcción de vínculos cumplen un rol tan importante como alimentarse bien, hidratarse, descansar o hacer actividad física. Somos seres sociales por naturaleza, y esa conexión con otros influye directamente en cómo pensamos, sentimos y nos desarrollamos a lo largo de la vida.
El corazón se lleva el crédito, pero el cerebro dirige la orquesta. Gran parte de los beneficios asociados al amor se originan en el cerebro, que produce y libera distintas sustancias químicas cuando experimentamos atracción, cercanía y afecto.
En este proceso, el sistema límbico –una red de estructuras cerebrales vinculadas con las
emociones y la memoria– cumple un rol central, ya que regula las respuestas emocionales
y los comportamientos relacionados con el vínculo con otras personas, según comenta un mensaje de SanCor Salud.
Algunas investigaciones señalan la presencia de las llamadas “hormonas del amor”, un
conjunto de sustancias que influyen en cómo sentimos y nos conectamos:
Oxitocina: conocida como la hormona del apego, se libera con el contacto físico y fortalece
la confianza y la conexión emocional.
Vasopresina: asociada al compromiso y a la formación de vínculos duraderos.
Dopamina: vinculada al placer y la motivación, explica esa sensación de entusiasmo
característica del enamoramiento.
Testosterona y estrógeno: influyen en el deseo y la atracción física.
Noradrenalina: aumenta la energía y la atención, generando esa sensación de “alerta”
emocional.
Serotonina: ayuda a regular el estado de ánimo y aporta sensación de bienestar.
Este complejo equilibrio químico demuestra que el amor es mucho más que una experiencia
simbólica o cultural: también es un proceso biológico que impacta en nuestro organismo.
EL AMOR ES MÁS FUERTE
Más allá de la emoción del momento, construir vínculos afectivos saludables puede traer múltiples beneficios para el bienestar general. Diversos estudios señalan que las personas que mantienen relaciones significativas tienden a experimentar:
Reducción del estrés: la cercanía emocional ayuda a disminuir los niveles de cortisol, la
hormona asociada a la tensión.
Mejor calidad del sueño: sentirse acompañado puede favorecer el descanso y la
regulación emocional.
Fortalecimiento del sistema inmunológico: los vínculos positivos contribuyen a una
mayor respuesta frente a enfermedades.
Disminución de la percepción del dolor: el afecto y el apoyo social actúan como factores
protectores.
Menor riesgo de depresión: la conexión con otros aporta sentido de pertenencia y
contención emocional.
Mayor capacidad para resolver problemas: el acompañamiento emocional favorece la
claridad mental y la toma de decisiones.
Mejora de la función cognitiva: las relaciones sociales activas estimulan la memoria y la
atención.
Una vida más larga: distintos estudios vinculan los vínculos afectivos con una mayor
expectativa de vida.
En definitiva, el amor puede entenderse como una necesidad biológica tanto como emocional. Así como otros mamíferos, los seres humanos evolucionamos para vivir en comunidad y construir relaciones significativas. Y aunque el corazón suele quedarse con el protagonismo cada 14 de febrero, el cerebro tiene mucho que ver en esa sensación que impulsa a conectar, compartir y cuidarse mutuamente con el otro u otra. ROSARIOPLUS




