
Durante años, el camino parecía claro: estudiar algo técnico, entrar en una gran empresa tecnológica y construir carrera desde ahí. Hoy, ese mapa se está redibujando.
Cada vez más jóvenes estadounidenses miran hacia los hospitales, no hacia las ‘big tech’. Y la inteligencia artificial tiene mucho que ver.
Por Martín Nicolás Parolari – GIZMODO.
Durante más de una década, Silicon Valley funcionó como un imán cultural. No solo ofrecía buenos sueldos, sino una promesa de futuro: estabilidad, innovación y prestigio. Sin embargo, para buena parte de la Generación Z, ese relato empezó a resquebrajarse justo cuando estaban a punto de incorporarse al mercado laboral.
Los datos lo confirman. Según la Career Interest Survey 2024 de la National Society of High School Scholars, casi la mitad de los jóvenes estadounidenses quiere dedicarse a la medicina o a profesiones relacionadas con la salud. Tecnología, ingeniería y ciencia siguen presentes, pero ya no ocupan el centro del escenario.

© Getty Images / Scott Olson.
Cuando el empleo soñado deja de ser una empresa tecnológica
El ranking de empleadores deseados es una señal difícil de ignorar. En los primeros puestos aparecen hospitales y centros sanitarios, con St. Jude Children’s Research Hospital a la cabeza y Mayo Clinic muy cerca. Los hospitales locales también escalan posiciones.
Lo llamativo es quiénes quedan atrás. Nombres que durante años simbolizaron éxito profesional —Google, Amazon o Apple— ya no generan el mismo entusiasmo. Algunos análisis derivados de esta encuesta apuntan incluso a que tres de cada cuatro jóvenes optarían hoy por la sanidad antes que por un puesto tecnológico.
No es una cuestión de vocación repentina. Es una lectura bastante fría del contexto.
Crecer profesionalmente con la IA respirándote en la nuca
La inteligencia artificial se ha convertido en un ruido de fondo constante. No porque sea nueva, sino porque ahora afecta directamente al empleo. En los últimos años, el sector tecnológico ha vivido despidos masivos, reorganizaciones internas y mensajes cada vez menos tranquilizadores desde las cúpulas directivas.
Para alguien que empieza, el panorama es confuso. Herramientas capaces de escribir código, diseñar productos o analizar datos ya no son promesas futuras: están aquí. Y aunque aumentan la productividad, también siembran una duda incómoda: ¿cuánto de mi trabajo seguirá siendo necesario dentro de cinco o diez años?
La encuesta del NSHSS refleja ese malestar. Cerca de dos tercios de los jóvenes dicen estar preocupados por la destrucción de empleo vinculada a la IA y por el uso de datos personales. No es un rechazo frontal a la tecnología, sino una mezcla de utilidad y desconfianza. La usan a diario, pero no quieren que defina por completo su destino laboral.
El valor de saber que mañana sigues teniendo trabajo
Cuando se les pregunta qué esperan de un empleo, la respuesta es sorprendentemente pragmática. La prioridad absoluta es la estabilidad. Por encima del salario, del prestigio o de trabajar en una empresa “de moda”.
También pesan factores muy concretos: horarios previsibles, cobertura sanitaria, vacaciones pagadas y un entorno laboral que no desgaste mentalmente desde el primer año. La mitad de los jóvenes encuestados reconoce miedo a caer en ambientes tóxicos, con presión constante y jornadas interminables.
Aquí la sanidad aparece como un refugio relativo. Nadie idealiza los hospitales, pero se perciben como espacios donde el trabajo tiene continuidad, demanda constante y un propósito claro. Además, hay una convicción compartida: el cuidado humano es difícil de automatizar. La empatía, la escucha y la toma de decisiones en situaciones críticas siguen siendo profundamente humanas.
Una generación marcada por la pandemia y el clima
Este cambio de prioridades no surge en el vacío. La Generación Z llegó a la adultez en medio de una pandemia global y con la crisis climática ocupando titulares año tras año. En la misma encuesta, los temas que más les preocupan son la salud, los derechos humanos y el medio ambiente.
No es difícil trazar la conexión. El calentamiento global ya tiene efectos sanitarios visibles: olas de calor, contaminación, enfermedades emergentes y problemas de salud mental asociados a catástrofes ambientales. Trabajar en salud no solo significa cuidar personas, sino también enfrentarse a uno de los grandes desafíos del siglo.
Entre desarrollar software para optimizar procesos comerciales o trabajar en algo que impacta directamente en la vida de otros, muchos jóvenes están tomando una decisión cargada de significado.

Un giro que también plantea nuevos problemas
En Estados Unidos, este interés creciente por la sanidad podría aliviar la falta de personal en hospitales. En países envejecidos como España, la tendencia va en la misma dirección. Cada vez hay más estudiantes en carreras de salud y servicios sociales, mientras que algunas ingenierías pierden atractivo.
La paradoja es evidente. El mundo necesita talento tecnológico para digitalizar sistemas sanitarios, impulsar energías limpias y frenar el cambio climático. Pero la percepción de precariedad y de pérdida de sentido en parte del sector tecnológico está alejando a muchos de esos perfiles.
Tecnología con propósito, no como fin
La Generación Z no está dando la espalda a la tecnología. Está pidiendo algo distinto: una brújula humana. Quiere usar la inteligencia artificial como herramienta, no como sustituto. Aplicarla para mejorar diagnósticos, optimizar recursos médicos o investigar enfermedades, en lugar de competir contra ella en un mercado laboral cada vez más incierto.
Por eso, el nuevo sueño profesional de muchos jóvenes ya no pasa por Silicon Valley, sino por un hospital. No es una moda pasajera, sino una respuesta lógica a un mundo más inestable, más automatizado y también más necesitado de cuidados. Y ese giro dice mucho sobre cómo esta generación entiende el futuro.




