El Monte de las leñas

Por Teresa Correa: "Apenas la aurora difundía sus colores, el potro azabache, comenzaba a sacudir sus herrajes"…

 

 

EL MONTE DE LAS LEÑAS

Apenas la aurora difundía sus colores, el potro azabache, comenzaba a sacudir sus herrajes.

Hasta que distinguía a su dueña, caminando hacia él, sobre la columna vertebral de la calle.

Usualmente, para aplacar su impaciencia, ella, lo alejaba del calor de los hogares.

Al galope, llevaba a su brioso animal, hasta el nudo del cruce, desde donde se desatan, otros caminos rurales.

Hace solamente unos días, mi petiso malacara, tomó su rumbo, pendiente de sus avances. Como si su intuición también lo obligase a él, a seguir de cerca, al loco corcel de mi madre.

Otrora sabíamos acompañarla. Hasta los márgenes de esteros y cañadones, prolíferos, por su humedales –Por doquier, donde palpitara la vida silvestre, con belleza inigualable!-

En ese entonces, mi madre solía llevar sueltos, sus cabellos, rubios, como trigales.

¡Chispeantes, sus ojos profundos y verdes, como los mares!

Ahora, se cala el sombrero, para ocultar su semblante. Se alza el cuello de sus gabanes. -¿Cómo si su gentil figura, pudiera esconderse, entre los pliegues en un traje!-

Su carácter sensible se retrae, ante las miradas interrogantes.

Huye de los transeúntes, que retornan de los campos, cansados de sus afanes.

De lo tímidos, que aceleran sus pasos, para poder evitarle.

Quizás, tema más, a los atrevidos, que han sufrido sus desaires.

Arrastrar sus cadenas al alba, no la hará más libre, aunque cabalgue y cabalgue.

O se aparte de los que la amamos, y haya dejado de incluirnos, en la eternidad de sus instantes.

De lejos, adivinamos, lo que esconde entre el ropaje: -¡La angustia de una mujer sola, y sin ángel que la guarde …!

Mi prisa la pudo alcanzar, recién, por los cancrejales. Los animales suelen caminar más lento, en caminos desiguales … -¡Los mismos, son abanicos, que hacía La Cuña Boscosa se abren!-

Al llegar al Monte de las Leñas, sus riendas puso tirantes … -¡Torpemente saltó a tierra, y con el polvo envolviendo su talle! –Tristeza me dio verla tiesa. Atravesada por un dolor punzante. Sin aceptar el panorama, que nos estaba ofreciendo el paraje: -¡Hectáreas, de bosques prístinos, y con sus raíces al aire …! Desamparadas y convulsas, cual gruesos cordones umbilicales …

Corrí para sostenerla. Me sorprendí al oírla, maldiciendo entre los dientes. A su mala estrella, que le permitió ver, sólo despojos vegetales, de los que antaño habían sido, unos árboles gigantes.

Luego, a quiénes, cegados por sus ambiciones, y algunas comodidades, están destruyendo la Cuña, y sus recursos naturales …

La ví caminar hasta aquellos esqueletos, que reflectaban un sol inclemente. Detenerse, frente a los que yacían horizontales. –Me sentí temerosa, de que su locura eclosionase, en medio de esas soledades. –Pero, ella me sorprendió una vez más, girando hacia mí, llamándome por mi nombre.

Ante mi duda, dijo: -¡Ven!- cuando estuve a su lado, me tomó de la mano, y la guió, a la vez que las suyas, acariciaban esos cascarones, lacerados, por carcomas y rugosidades.

Como si con ese gesto, quisiera consustanciarme con el entorno. Como lo habrá hecho ella en su niñez, o allá por sus mocedades.

Tuve la sospecha, de que en la coherente demencia de su mente, se había borrado los límites, se habían esfumado las edades.

Sin embargo, me enterneció comprobar, que hasta en ese páramo, su amor hacía cumbre.

Mentalmente, capitalicé esa experiencia, que me fortaleció y me hizo crecer emocionalmente.

De hecho, la guardaré como un tesoro. Mi madre, más allá de sus obsesiones, me hizo aventurar futuros mejores, para mí, y para otras generaciones.

Sin comprender demasiado la atracción, que ese sitio estaba ejerciendo en mi espíritu, improvisé un campamento, para que pudiéramos descansar, hasta la mañana siguiente.

A la tardecita, extendimos nuestros recados sobre los troncos y sus ramas principales. Sin querer, nuestros pequeños cuerpos, fueron encontrando, regazos cómodos, en los cuerpos de esos árboles.

Cuando los colores se volvieron uno, la luna apareció, distante. En ese mundo de ojos cerrados y mutismo, su luz lechosa fue más que agradable.

El insomnio ríspido de un grillo, mantuvo los nuestros, abiertos, hasta muy tarde.

En la profundidad de la noche, escuchamos el canto de un ave.

Al despertar, sentí que nuestros sentimientos se habían unificado. Y que, en un acuerdo, tácito y secreto, nuestra presencia, le estaba otorgando, una retribución, anímica, a ese árido paisaje …

TECA
 

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