China parece ir muy por delante en robots humanoides. Pero cuando miras los números, la historia es bastante menos épica
Se repite que China está ganando la carrera de los robots humanoides, que produce más, que avanza más rápido y que ya dejó atrás a Occidente.
Pero cuando uno se detiene en los datos reales, la escena cambia: hay liderazgo, sí, pero en un mercado que todavía es casi simbólico.
Por Martín Nicolás Parolari . Gizmodo
Durante los últimos meses, la narrativa se ha vuelto casi automática: China domina la robótica humanoide. Lo dicen titulares, lo repiten analistas, lo amplifican redes sociales. Videos de robots caminando, sirviendo bebidas, saludando, cargando cajas. Startups por todas partes. Apoyo estatal. Inversión. Ritmo industrial.
Desde fuera, parece claro: China va muy por delante.
El problema es que esa sensación de carrera ganada se sostiene más en la estética del futuro que en la realidad del presente. Porque cuando uno baja de la narrativa al dato duro, lo que aparece no es una revolución… sino un mercado que todavía está gateando.
El detalle incómodo que casi nunca se menciona
En 2025, en todo el mundo, se vendieron alrededor de 13.000 robots humanoides. No es un error de ceros. No son cientos de miles. No son millones. Son trece mil.
Para ponerlo en perspectiva: cualquier fabricante de móviles vendería eso en minutos. Cualquier marca de coches lo consideraría una catástrofe comercial. En cualquier otro sector tecnológico, esa cifra se interpretaría como fase experimental.
Y aun así, dentro de ese número reducido, China lidera con claridad. Empresas como AgiBot, Unitree o UBTech concentran buena parte de esas ventas. Estados Unidos queda por detrás. Europa, casi ni aparece.
China va primera, sí. Pero va primera en un pelotón diminuto.
Cuando “dominar” no significa lo que parece

Este es el matiz que suele perderse en la conversación: dominar un mercado pequeño no es lo mismo que haber creado un mercado real.
Porque hoy los robots humanoides no están en las casas, no están en las oficinas, no están en los hospitales. Están en ferias, en demostraciones, en vídeos promocionales, en pilotos muy concretos. Mucha visibilidad. Poco uso cotidiano.
Se habla de “adopción”, pero lo que hay es curiosidad. Se habla de “revolución”, pero lo que hay es fase beta.
China está liderando, sí. Pero está liderando la fase previa al despegue.
La diferencia entre músculo industrial y demanda real
Acá es donde la historia se vuelve interesante.
China tiene algo que nadie discute: capacidad industrial brutal. Escala. Cadena de suministro. Integración vertical. Apoyo del Estado. Velocidad de ejecución. Ya lo demostró con los coches eléctricos, con las baterías, con los paneles solares.
Pero la robótica humanoide no es solo fabricar. Es resolver problemas reales de la vida real.
Y ahí es donde todo se frena.
Porque un robot humanoide no compite con una máquina. Compite con una persona. Con su flexibilidad, su intuición, su capacidad de adaptación. Y hoy, incluso los modelos más avanzados siguen siendo torpes en tareas simples: manipular objetos pequeños, adaptarse a entornos desordenados, interactuar con humanos sin fricción.
La tecnología avanza. Pero no al ritmo del discurso.
Mucha oferta, muy poca presión desde abajo
Otro dato revelador: en China ya hay más de 150 empresas y startups trabajando en robots humanoides. El número crece cada mes. El Estado apoya. Las políticas acompañan. Hay centros de entrenamiento, subvenciones, incentivos.
Desde arriba, el empuje es enorme.
Desde abajo, desde el usuario, no hay urgencia.
Nadie está reclamando un robot humanoide en su casa. Nadie lo considera imprescindible. Nadie siente que le falta uno.
Eso es peligroso para cualquier industria. Porque sin demanda real, lo que se construye no es mercado: es expectativa acumulada.
Y cuando la expectativa se infla más rápido que el uso, aparece una palabra incómoda: burbuja.
El liderazgo que se apoya más en promesas que en práctica
Buena parte del relato actual se sostiene en el “ya casi”. Casi listos. Casi útiles. Casi baratos. Casi autónomos.
Es el mismo “casi” que llevamos escuchando desde hace años.
La gran esperanza es la IA. Que los modelos cada vez más potentes hagan de cerebro y resuelvan lo que la mecánica no puede. Que la inteligencia compense la torpeza. Que el software tape las limitaciones del hardware.
Puede pasar. Probablemente pase.
Pero hoy, todavía no está pasando.
El contraste incómodo con otras revoluciones chinas

Hay un precedente que hace que todo esto resulte aún más llamativo: los coches eléctricos. China no solo lideró. China creó un mercado masivo. Llenó las calles. Bajó precios. Hizo que la gente los necesitara. Con los humanoides, eso no está ocurriendo.
Hay producción. Hay inversión. Hay ambición. Pero no hay todavía vida cotidiana transformada. Y sin eso, cualquier liderazgo es frágil.
China va delante, sí. Pero la carrera aún no empezó de verdad
Decir que China “está ganando la carrera de los robots humanoides” no es falso, dice Xataka. Es incompleto. China va primera en desarrollo, en empresas, en unidades vendidas. Todo eso es real. Pero la carrera que importa —la de la adopción masiva, la utilidad diaria, la integración social— todavía no arrancó.
Por ahora, lo que hay es un país muy bien posicionado… en una línea de salida que sigue vacía.
Y eso cambia completamente la lectura.
Porque una cosa es liderar una industria madura. Y otra muy distinta es liderar una promesa.
La pregunta que queda flotando
Si China, con todo su músculo industrial, su apoyo estatal y su capacidad de ejecución, todavía no logra que los robots humanoides sean algo normal… la pregunta no es cuándo los tendremos.
La pregunta es otra, mucho más incómoda: ¿y si el problema no es quién va primero, sino que todavía no sabemos para qué los queremos?
Nota original en: GIZMODO




