Nueva normalidad: una paradoja

Por Grettel Hernández Valdés*

Definitivamente, “la nueva normalidad” es una frase hecha,porque es tan contradictoria como sus componentes: es un oxímoron (dos expresiones de significado opuesto que dan un nuevo sentido). A nivel gramatical el adjetivo antepuesto “nueva” (epíteto) crea más bien incertidumbre, no sabemos cuál es esa novedad. Por lo tanto, resulta un contrasentido; porque lo normal es lo habitual u ordinario, según su definición; pero al anteponerle nueva ya eso que conocíamos será diferente.

Si las palabras son símbolos poderosos, “la nueva normalidad” se convierte en un fetiche léxico. Las palabras expresan situaciones, acontecimientos y conceptos. Expresan y fijan pensamientos.

Hoy estamos llenos de un nuevo vocabulario la COVID-19, pandemia, coronavirus, virus, epidemiológico, contagio, aislamiento. Los símbolos aparecen como lo cotidiano: tapabocas, batas blancas, caretas que simbolizan enfermedad, directrices, comportamientos. Y, las palabras contienen gran simbología porque expresan sentires, experiencias, prácticas.

Por eso, cuando se comenta acerca de la “nueva normalidad” es un concepto paradojal; pues esa normalidad no será la misma durante ni después del COVID-19. Ese “estar” en una “nueva normalidad” puede ser producto de un cambio consciente o provocado; sin embargo, en este caso ni siquiera es deseado, ni elegido. La normalidad –en su concepto más estricto–ofrece una sensación de perdurable; aunque nuestro siglo esté caracterizado por la poca permanencia y la inmediatez.

Por lo tanto, la “nueva normalidad” genera contradicción. Un estado diferente al cual teníamos antes y,cuando se vuelve a un estado novedoso, se debe admitir que se genera expectativa e ilusión. Sin embargo, esa “nueva normalidad” es un disfraz, porque más bien se han destapado los grandes defectos de nuestro sistema como un todo, a nivel global. La realidad hoy está inmersa en grandes desafíos, constantes transformaciones y un largo periodo de crisis.

La normalidad en sí misma o lo que se conoce como ella, de alguna manera es una ilusión que se va desarrollando día con día, se obvian los grandes ocultos que siempre han estado presentes –pobreza, xenofobia, violencia en todas sus formas–se han vuelto visibles. A eso llamamos normalidad.

Hoy es normal que todos votemos, también es normal que la gente viaje (o viajara). En pleno siglo XXI debería corresponder a la vieja normalidad la xenofobia, la discriminación, la aporofobia y, tristemente, hoy al ser humano se le ha caído la careta y asoman formas de violencia insospechadas, que parece una ficción. No en vano Camus plasmó esta frase: “La peste no solo mata los cuerpos, sino que desnuda las almas”.

En la vieja normalidad la gente pasaba las fronteras para venir a trabajar en las empresas nacionales, bajo normas sanitarias dudosas, bajo condiciones sin respeto por los derechos universales. Los trabajadores extranjeros son más baratos que los propios del país, no exigen lo que les corresponde como derecho. Esa era la normalidad que mirábamos de reojo, ahora no nos gusta esa y creamos una “nueva”. Ahora la pobreza se nos restriega en la cara, no queremos verla y nos atemoriza saber que podemos llegar a ese estado de vida.

En esta “nueva normalidad” estamos temerosos de la muerte, la cual siempre se ha disfrazado de misteriosa trascendencia. Ahora no la queremos cerca y hacemos todo para no morir.

Hoy se ha impuesto el distanciamiento físico, en los supermercados nos recuerdan la nueva normalidad: mantenga la distancia, nos señalan los sitios donde debemos colocarnos, no maneje efectivo mejor use la tarjeta. Las mascarillas se han vuelto parte de nuestros rostros, una careta que oculta la sonrisa.

Así también la economía global se ha visto afectada por la pandemia, esta no ha discriminado a nadie y aparece en países ricos y pobres. Lo paradojal también es que, sin gente viva, la estructura económica “normal” colapsa. La economía global, las costumbres, el consumo y la visión de sí mismo en el mundo está dando un giro que no podemos ni creer.

Ahora las empresas están dentro de nuestros hogares, el teletrabajo llegó para quedarse y los de a pie, tendrán que convivir con la posibilidad de crear anticuerpos o perder la batalla; para ellos: ¿es posible el confinamiento?, ¿es accesible comprar las mascarillas?, ¿pueden alimentarse bien para resistir? Lo cierto es que entre todos deberíamos buscar respuestas solidarias y despertar del letargo en el cual nos encontrábamos.

Por eso, las palabras sí importan y ante esta crisis pandémica hemos aceptado como parte de lo cotidiano una variedad de vocabulario como videoconferencia, webinario, distanciamiento social y físico, confinamiento. Uso de mascarillas, cierre de establecimiento, restricciones de circulación…Y eso, también genera un nuevo comportamiento y todavía paradójicamente asumimos como posible regresar a lo de antes.

Se está reestructurando el sistema que se agrietó: los ancianos son vulnerables, las actuales generaciones de jóvenes y niños se adaptan a una nueva forma de vida, aislada; mientras la educación sufre un colapso y todos educadores y educandos se ajustan para reinventarse. Y los desempleados creen ahora en la utopía como forma de esperanza, así lo escribió Galeano: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.

Algunos le otorgan a esta “nueva normalidad” castigos divinos, otros aplican teorías de conspiración, otros lo niegan. Todos tenemos dudas de “ellos” (los que nos hablan por televisión), nosotros y los otros nos encontramos vulnerables y con incertidumbre. Sin embargo, quizás sea necesario un cambio de conciencia y un modo de pensamiento amplio, un estar en el mundo que genere un nuevo contexto de vida, con otros valores y otra estructura y, finalmente,se ubique al ser humano como el valor central de la sociedad. Una nueva actualidad, un nuevo humanismo y una forma de cooperación mundial en la cual se transformen las normas económicas, políticas y culturales. Y, mientras tanto, como acto solidario, cuidémonos entre todos.


*Filóloga

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