
Los discursos de odio, la ausencia del Estado de sus funciones sociales, la degradación de políticas públicas en educación y salud, y las infancias totalmente expuestas. ¿Cómo reconstruir los tejidos sociales?
“Un Gobernador que hizo campaña armado. Un Presidente que defiende la eliminación del otrx. Un sistema que deja sola a la escuela, a lxs que enseñan y a lxs que tienen que aprender. Un mundo que dejó de sostener la metáfora con lxs niñxs. Todo es literalidad, hasta la muerte misma”, tuiteó la politóloga y magíster en Derechos Humanos y Democratización Florencia Bottazzi una vez conocido el trágico hecho en la escuela de San Cristóbal.
un gobernador que hizo campaña armado. un presidente que defiende eliminación del otrx. un sistema que deja sola a la escuela, a lxs que enseñan y a lxs que tienen q aprender. un mundo que dejo de sostener la metáfora con lxs niñxs. todo es literalidad, hasta la muerte misma https://t.co/9Ct3B9Otsh
— florencia bottazzi (@florenciab85) March 30, 2026
Eso generó un amplio y rico debate en redes sociales y en la reunión de sumario, en la que se definen las temáticas que se abordarán en la próxima edición de este semanario. Las preguntas fluyeron, las pocas respuestas quedaron flotando, las sensaciones quedaron atragantadas.
No es el caso puntual, que seguramente tiene aristas que desconocemos, pero es el contexto atravesado por la violencia, la desigualdad y la fragilidad de los lazos sociales lo que nos moviliza. Que las infancias estén tan vulnerables, que los medios de comunicación vomiten opiniones y publiquen videos de un patio de una escuela por el sólo y morboso fin de sumar visualizaciones y comentarios en las redes es lo que nos debe poner en alerta.
Revisar el papel del Estado –de los distintos Estados–, el alcance de los discursos de odio y la progresiva desprotección de niñas, niños y adolescentes como así también de las políticas de salud y educación públicas, lo que nos debe interpelar y querer seguir militando desde este y los distintos espacios que habitamos en construir un país y un mundo mejor, con oportunidades y cuidados para todas y todos.
“Quienes trabajamos en el campo de las infancias sentimos que es una demostración de cierto fracaso colectivo en materia de políticas públicas e intervenciones. También evidencia hasta dónde pueden llegar los discursos de odio y las violencias que se organizan desde discursos legitimados como los de algunos líderes políticos, como el presidente Milei, el presidente de Estados Unidos Donald Trump o nuestro gobernador Maximiliano Pullaro. Es, en algún punto, una muestra de hasta dónde puede alcanzar la violencia como dispositivo: un modo de organizar y disciplinar una sociedad, e incluso de sugerir la eliminación del otro. Muchas veces, lo que se dice en el plano del lenguaje, si los adultos no lo acompañamos con mediaciones simbólicas, se traduce rápidamente en actos”, señala Florencia Bottazzi en diálogo con El Eslabón.

Y argumenta: “Lo primero que sentí fue la confirmación del impacto que tienen los discursos de odio y las violencias promovidas desde lugares de poder oficialmente reconocidos. Algo de lo real y concreto termina poniéndole cuerpo al contexto en el que estamos. Además, en el marco del aniversario de la última dictadura cívico-militar, pensaba que la noticia llegó en un momento en el que veníamos revisitando testimonios de personas que hoy son adultas pero que fueron niñas y niños durante la dictadura y víctimas directas de ese plan”. “Proliferaron muchos relatos en relación a esto, y sentí la necesidad de tender un puente entre aquella historia y la actual: entre aquella infancia olvidada y esa infancia también olvidada. En escenarios distintos, claro, porque no podemos confundir una dictadura con una democracia, pero sí podemos preguntarnos por qué costó tanto reconocer a las niñas y niños como víctimas directas del terrorismo de Estado, incluso en campos de concentración, y no sólo como efectos colaterales. Hoy, en esta democracia, también parece que seguimos olvidando que las niñas, los niños y las adolescencias son las principales víctimas”, agrega.
—En esa revisión de testimonios, ¿qué diferencias encontrás?
—Creo que la posibilidad de agenciamiento y de organización es lo que permitió transformar, o al menos tramitar, esa violencia. Muchas de esas personas, con el tiempo, pudieron reconocerse como sobrevivientes, con todo el dolor que eso implica, y eso les dio una categoría social y política a su experiencia. Tal vez la diferencia con las construcciones actuales tenga que ver con esa posibilidad de poner en palabras lo vivido. Hoy da la sensación de que las pibas y los pibes no están pudiendo nombrar lo que les pasa, y que el mundo adulto tampoco logra escuchar ni ofrecer palabras. Y cuando hablamos de esto no se trata sólo de una maestra escuchando a un estudiante, porque sabemos que las escuelas están solas. Entonces, ¿qué otros espacios existen para adolescentes, niñas y niños donde puedan construir identidad, reconocerse entre pares? Para eso hacen falta espacios de encuentro y adultos que acompañen y escuchen. Hoy sabemos que el sistema, en ese sentido, está muy deteriorado, y que esa posibilidad de agenciamiento más comunitaria que tuvieron los sobrevivientes de delitos de lesa humanidad está mucho más debilitada. A eso se suma un Estado que no promueve espacios de articulación, encuentro o presencia, sino políticas más punitivas que sociales, tanto a nivel nacional como provincial. Una de las últimas leyes sancionadas es la baja de la edad de imputabilidad. Hay una propuesta muy violenta del Estado hacia la infancia y la adolescencia. Entonces, ¿por qué sorprende que los jóvenes respondan con violencia si, en cierto modo, es la moneda de intercambio que se instala?
—También influyen los discursos de odio en redes sociales, que es lo que consumen muchos jóvenes, sumado a los mensajes de quienes ostentan el poder. A veces esos mensajes no se decodifican como tales y pueden ser interpretados como llamados a la acción.
—Sí, hay una ausencia de palabra, de metáfora y de posibilidad de localizar el dolor. También hay muchas soledades en juego. Pero además habría que hacer un análisis más capilar de la violencia: no solo la estatal o paraestatal, sino también la que creció en comunidades como las nuestras. Pienso en Rosario y en otras localidades, incluso más pequeñas, donde la violencia muchas veces se vuelve algo aprendido, una forma de cuidarse o incluso de vincularse. En los territorios, la violencia puede aparecer como un modo de relación que se transmite, y eso la vuelve más cotidiana, más instalada en lo interpersonal y lo intersubjetivo. Pero sigue respondiendo a una violencia mayor, como la que se expresa en discursos políticos violentos.

—Mucho se habla de los pibes que no piensan por sí mismos, que viven adentro de una pantalla y por eso votaron a Milei, como si a Milei no lo hubieran votado los pibes, los adultos, los jubilados, los peronistas y los trabajadores. Pero nadie escucha a las pibas y a los pibes.
—Sí, faltan espacios de escucha. Hay un gran retroceso de lo que llamamos dispositivos del Estado en territorio, aquellos que buscan tejer lazos y no tienen que ver con lo punitivo. Esos eran los espacios en los que un chico podía encontrarse, participar en talleres, hablar con alguien. El fenómeno electoral trasciende a las niñas y los niños, que en muchos casos ni siquiera votan. Vivimos en una sociedad donde quienes no votan parecen no merecer representación política. Ese es otro problema: no sólo no los escuchamos, sino que tampoco se ven representados. Es como un segundo olvido de la infancia. Por eso lo vinculo con la dictadura y con la militancia de sectores que vienen señalando esto desde hace tiempo: hay una continuidad en estos olvidos.
—Otro de los estigmas actuales es que la única pertenencia a la que pueden aspirar los pibes, sobre todo en los barrios castigados, es tener un arma, trabajar en un búnker o pertenecer a una banda.
—Pienso en el libro La violencia en los márgenes, de Javier Auyero y María Fernanda Berti, en el que analizan la presencia del Estado en territorios específicos y muestran cómo oscila entre la legalidad y la ilegalidad, entre regular, reprimir o negociar. Esa intermitencia del Estado alimenta la violencia y genera un lenguaje propio en los territorios donde la violencia se vuelve una moneda de cambio. Entonces, en un contexto en el que los conflictos se resuelven de ese modo, también las emociones se tramitan así. Es, en cierto punto, esperable.
Publicado en el semanario El Eslabón del 4/4/26

Fuente: Redacción Rosario

