LA LINEA sería una ciudad de cristal de 170 kilómetros de largo por 500 de alto
Hoy solo existen 2,4 kilómetros. Y el colapso de The Line expone los excesos del megaproyecto saudí.
La urbe futurista que Arabia Saudí presentó como una revolución urbana se está desmoronando antes de existir.
The Line, concebida para extenderse 170 kilómetros en el desierto, apenas ha levantado 2,4.
Entre recortes, fuga de inversores y costes irreales, el proyecto estrella del príncipe heredero se ha convertido en un recordatorio de que ni siquiera el poder puede doblar las leyes de la física.
Arabia Saudí siempre insistió en que The Line sería la prueba de que el futuro podía diseñarse sobre una hoja en blanco. Una ciudad lineal sin coches, sin calles, sin emisiones, suspendida entre muros de acero y cristal de 500 metros de altura. Pero esa visión, tan impecable en las imágenes promocionales como desequilibrada en la realidad, ha empezado a fracturarse. Y lo ha hecho en el lugar más vulnerable: los primeros kilómetros construidos, donde la utopía se ha convertido en obra ralentizada.

El sueño se encoge: de 170 kilómetros a apenas 2,4
El Financial Times confirmó lo que muchos sospechaban: The Line, proyectada para recorrer una distancia equivalente a la que separa Madrid de Toledo, solo tiene 2,4 kilómetros en construcción real. Y la cifra es casi simbólica, porque tampoco existe un calendario claro ni la certidumbre de que el proyecto avance más allá de esos módulos iniciales.
La magnitud original era tan descomunal que cualquier desviación presupuestaria la volvía inasumible. Según estimaciones internas, la megaciudad necesitaba entre 1,6 y 4,5 billones de dólares, un coste equiparable a la economía de Alemania. Cada segmento de 800 metros requería millones de toneladas de acero y hormigón, un ritmo industrial comparable al consumo anual de países enteros.
El propio diseño partió de un impulso personal del príncipe heredero Mohammed bin Salman: dos torres paralelas reflejadas, una ciudad continua, un muro de cristal de medio kilómetro de altura atravesado por trenes de alta velocidad donde todo estaría a cinco minutos caminando. Las cifras deslumbraban tanto como las dudas sobre su viabilidad.
Con el tiempo, la ingeniería empezó a traducir lo que el desierto ya sabía: levantar esa estructura era un desafío que incluso los recursos del reino no podían sostener sin medidas imposibles.

Costes disparados, socios que se retiran y un modelo que empieza a resquebrajarse
Los retrasos no son tan solo técnicos. Las finanzas que sostenían la construcción también se han debilitado. El Fondo de Inversión Pública saudí cayó a 15.000 millones de dólares a comienzos de 2024, una cifra insuficiente para mantener la maquinaria logística que The Line exige. Los socios internacionales empezaron a retirarse y varios proveedores alertaron de que los volúmenes requeridos superaban la capacidad global de producción.
El golpe más simbólico fue la cancelación de la planta desalinizadora de Oxagon, valorada en hasta 2.000 millones de dólares, que debía aportar el 30 % del agua de la ciudad. La retirada de empresas extranjeras dejó claro que la confianza en los megaproyectos saudíes ya no es la misma.
En paralelo, antiguos empleados de Neom contaron al Financial Times que muchos cálculos se hacían sobre ilustraciones, sin estudios de viabilidad reales, y que a menudo la instrucción era simplemente: “Ahora tenéis que hacerlo posible”. La arquitectura especulativa chocando de frente con la realidad física.
Hoy, The Line es una franja aislada de cimientos en un desierto inmenso. Su significado ha cambiado: ya no es la promesa de un país pospetrolero, sino un recordatorio de que ni siquiera los proyectos respaldados por el poder absoluto pueden sostenerse si carecen de base técnica, económica o social.
Nota original en: GIZMODO




