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Los muertos no pagan

Redacción 23/05/2026

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Los muertos no pagan

La situación de la clase trabajadora en nuestro país es muy complicada. El endeudamiento es un modo de control social perverso y cruel.

La pérdida del poder adquisitivo tiene múltiples causas. Podemos nombrar algunas recurrentes, que se repiten desde que el neoliberalismo se instaló primero en Inglaterra y luego se fue extendiendo al resto del mundo. Este proceso produjo una concentración del capital sin control. Comenzaron a verse zonas de pobreza en el primer mundo y sectores de riqueza extrema en países pobres.

Ya no eran las naciones las que producían riquezas, sino los privilegiados que se apropiaron de los recursos naturales, de las concesiones de obras y servicios públicos del Estado, de los circuitos de comercialización, de las entidades financieras y —en esta última etapa— de los medios de comunicación, tanto tradicionales como digitales. Todo para legitimar la inequidad en la que nos encontramos sumergidos y promover la inevitabilidad de las consecuencias del sistema. O te adaptás o morís de abandono.

El sistema trabaja fuertemente sobre cuestiones simbólicas. La instalación en todos los medios de que somos artífices de nuestro propio destino tiene un sentido evidente. El fracaso es inevitable para la gran mayoría. Y es mayor aún en las capas más vulnerables de la sociedad, con las que el poder real se ha ensañado particularmente.

Los subsidios estatales son eliminados. Los servicios dejan de ser esenciales y ya no contemplan otra posibilidad que el lucro. Esto no hubiera sido posible en los años 80. En esa década, las personas conocían sus derechos y se movilizaban para defenderlos. Desde el 2000 en adelante comenzaron a funcionar nuevos mecanismos: dispositivos discursivos, institucionales, mercantiles, estéticos, relacionales. Su objetivo: generar deseo de pertenecer a la sociedad de consumo.

Para lograrlo, todo está permitido. Se incentivan, en nombre del éxito, actitudes individualistas y competitivas que sitúan al otro como rival. Al mismo tiempo, se estigmatizan todas las instancias colectivas de organización. Los partidos políticos y los sindicatos son señalados como la cuna de la corrupción. Es un movimiento falaz: en ningún momento aparece el sujeto que corrompe —que en su gran mayoría son empresarios y ricos— y se cargan todas las tintas sobre los corrompidos. Los mayores beneficiados nunca son condenados socialmente.

Desde el inicio del nuevo milenio, la vida de los seres humanos en todo el planeta cambió a una velocidad vertiginosa. Las transformaciones de nuestra cotidianeidad se produjeron al ritmo de la desregulación de las verdades que construyeron el mundo que conocíamos: el de la modernidad, de los Estados nación, el mundo de la ciencia y de los avances tecnológicos para la humanidad, de las maravillas del mundo accesibles a todos y todas, de los espacios públicos para que se reúna la familia del trabajador.

La privatización de todo cambió nuestra forma de habitar el mundo. De las montañas que caminábamos, de los montes donde íbamos a jugar, de la costa del río, de los potreros de los barrios. La privatización del anfiteatro, la elitización del arte y de la cultura en general. Todo eso nos despojó del conocimiento y la sensibilidad necesarios para sentir pertenencia.

Los shoppings pasaron a ser lugares de paseo. Los fines de semana, el ritual del consumo se fue masificando. Comprar productos que muchas veces no son de primera necesidad, sino símbolos de estatus social. Ropa de marca, accesorios, perfumes. La llave de entrada para ser alguien en el mundo de la meritocracia.

La sensación de modernización de la sociedad se produjo en los 90. Las luces de neón, los carteles luminosos, los casinos y las cadenas de comida rápida —que aparecían en las películas de Hollywood de la década anterior— inundaron las calles de las grandes ciudades. Fue cuando apareció la TV por cable, transmitiendo las 24 horas necesidades que se convertían en deseos.

Llegaron también nuevos estilos de vida. Estéticas corporales con bulimia y anorexia incluidas. Mensaje de sacrificio. Cocaína para trabajar más y rendir, y consumir el deseo aún más. Fue cuando apareció la flexibilización laboral, los contratos basura. Cuando un sueldo dejó de alcanzar para sostener una familia y las mujeres salieron masivamente a trabajar en empleos donde la precarización era doble: por un lado, los servicios eran mal pagos; por otro, por ser mujer se les pagaba menos.

Fue en esa época que los trabajadores perdimos la mitad de nuestro poder adquisitivo. Lo que antes se pagaba con un sueldo ahora requería un sueldo extra. El sueño de la casa propia, de la movilidad ascendente, se esfumó para una gran mayoría.

Fue en la era menemista que se produjo esa debacle. Sin embargo, en esa época la comida era accesible. Si bien la carne era cara, siempre había cortes baratos para las clases populares. El puchero, la falda, la marucha, las achuras estaban al alcance del bolsillo de los que menos tienen. Con un peso comía una familia, o se compraba una cerveza, o un vino en cajita. Un peso era un dólar.

Hoy nos encontramos con un escenario nuevo, casi distópico. Porque en un punto parece responder más a una estrategia de control demográfico que a una planificación para que los seres humanos puedan realizarse en sociedad. La crueldad ya no es un accidente del sistema: es una herramienta de gestión de la pobreza.

Pareciera que el discurso oficial, azuzado por las grandes corporaciones y sostenido por las políticas públicas de abandono —sobre todo en los gobiernos de derecha como el que nos toca padecer—, tiene como horizonte la justificación de la eliminación de los sectores más vulnerables. Ya sea por acción, a través de la represión, o por omisión, a través del empobrecimiento de los trabajadores, la destrucción del Estado como garante de derechos y la anulación de sus funciones asistenciales.

Incluso podemos ver cómo a lo largo de estos últimos 50 años se ha ido convirtiendo en mala palabra el “asistencialismo”. Cuando en realidad el Estado debe ser garante del cuidado de la población.

Todos los mecanismos puestos a funcionar al unísono tienen un claro direccionamiento: provocar una distribución regresiva de la riqueza para las clases populares, al tiempo que generan ganancias extraordinarias para las grandes empresas. Sin embargo, hay algo aún más perverso: los dispositivos culturales a través de los cuales las personas sienten que si no les va bien es por culpa propia.

La pérdida de identidad de clase hace que piensen como quienes los están explotando y no como los que viven una realidad parecida. Esa proyección tiene que ver más con la colonización de los deseos que con la realidad que habitamos. La pérdida de las identidades de trabajadores, de villeros, ese orgullo que teníamos quienes vivíamos en los barrios, fue fagocitada por los mecanismos de manipulación del poder real a través de todos los medios de que disponen.

No va a ser sencillo reconstruir el tejido social, pero no es imposible. No es en el pasado donde hay que buscar las soluciones a los problemas presentes. Sin embargo, podemos rescatar prácticas sociales, culturales y rituales que nos permitan reencontrarnos con la posibilidad de ser en sociedad.

El endeudamiento de las familias es un dispositivo de control más. Articulado con el bombardeo simbólico en los medios, la aceleración de la vida y la percepción hasta el punto de saturación, provoca un condicionamiento en la vida de las personas. El estrés y la frustración que provoca el consumo como única forma de relación social. El narco y los usureros en los barrios pobres. Los juegos online entre los jóvenes de la clase media. Todos los sustitutos del arte y la cultura que nos permitían construir pensamiento crítico son absorbidos por la mercantilización y la banalización. Las sustancias para evadirnos de la realidad.

“Los muertos no pagan” le dijo Néstor Kirchner al Fondo Monetario Internacional cuando le exigían más medidas de ajuste en un país incendiado. Poder pagar lo que se debe implica tener la capacidad de juntar la plata para hacerlo. El sistema financiero ha hecho todo lo posible para llevar esta situación a un límite, otorgando préstamos a personas que no tenían la solvencia necesaria para cumplir con las obligaciones monetarias.

Todas estas —y algunas otras— son las causas que impiden que la realidad estalle por los aires en manos del pueblo, como sucedió en algunas ocasiones a lo largo de nuestra historia. Y es, en algún punto, el desafío más grande que tenemos: volver a ser esa potencia colectiva que nos permita soñar con un mundo más equitativo y que nos brinde la fortaleza para empezar a hacerlo.


Fuente: El Eslabón

Tags: Economía FMI Javier Milei Opinión Política

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