
Hace unos veinte años, mi madre adoptó a distancia a una niña en Kenia llamada Chepy, ayudándola a completar la educación primaria y secundaria. Tras la muerte de nuestra madre, mi hermano y yo seguimos apoyándola para que pudiera continuar con sus estudios. Lamentablemente, hoy ha llegado la noticia de que la chica ha fallecido; padecía anemia falciforme y, tras un desmayo, murió en la ambulancia durante el traslado al hospital.
La noticia me ha causado una gran tristeza, un pesar inmenso por una chica de 25 años tan hermosa, dulce y reservada, con un gran futuro por delante.
La primera reacción fue la de querer entender. Sentí la necesidad de la razón, de buscar una explicación «objetiva», y recordé las palabras de Eduardo De Filippo en una de sus obras: al final se muere de muerte, y las explicaciones médicas no logran agotar el misterio del acontecimiento.
Ante este suceso que aniquila todo el sentido de la vida, uno intenta dar explicaciones para no mirar al vacío que se abre delante.
Luego vinieron la rabia y la impotencia. Busqué culpables de inmediato. Quizá fue demasiado tarde a la clínica, los médicos no comprendieron enseguida lo que tenía, o la ambulancia no llegó con la suficiente rapidez… Y También ahí vi de nuevo cómo la tendencia de buscar culpables es otra manera de huir de la dramática realidad del suceso.
Entonces empecé a cambiar mis pensamientos, preguntándome precisamente cuál era el sentido de la existencia. ¿Qué sentido tiene luchar, frustrarse, levantarse del suelo, esperar, amar, sufrir, si luego, de repente, cuando menos te lo esperas, te vas?
Ahí nació en mí un deseo y una especie de certeza. Que la vida humana tiene, en cambio, un sentido y que toda esta vida interior de conciencia no puede disolverse en el absurdo, cuando el cuerpo falla. Sino que continúa en otras formas que me son absolutamente desconocidas. Entonces me despedí de Chepy, deseándole un maravilloso viaje hacia el infinito. Experimenté por un instante algo profundo.
Luego comencé otra reflexión. Estamos rodeados de guerras. Guerras en las que se gastan millones, miles de millones de euros. Un solo misil interceptor cuesta 1.500.000 dólares, y otros misiles, no son menos costosos. En un instante incineran escuelas y matan niños. Pensé en lo que se destina a las industrias armamentísticas, en la riqueza acumulada en manos de unos pocos, de personas que pueden comprar islas enteras, como está ocurriendo ahora, por ejemplo, en Albania.
Sin embargo, uno acaba muriendo por las cosas más pequeñas. Por las cosas más pequeñas……
Entonces capté la monstruosidad del Sistema en que vivimos. Hay una riqueza y un poder utilizados con fines de dominio, destrucción y guerra; cuando se podría ayudar a la gente a vivir mejor, construir hospitales, crear profesionales, desarrollar medicinas que ayuden a la gente, mejorar la calidad de vida.
Sin embargo, todo está dirigido en otra dirección.
Una monstruosidad de tal magnitud que rara vez alcanzamos a verla, justamente porque impregna cada instante, cada ámbito de nuestra sociedad, de la política y de la economía. Toda gira obsesivamente entorno al dinero, la posesión, del interés personal, del éxito, de la expansión del propio poder… de la nada. a fin de cuentas.
Una monstruosidad terrible.
Entonces comprendí cuán importante y necesaria es una verdadera revolución humanista; una revolución noviolenta que ponga realmente al ser humano, a cualquier ser humano, en el centro de las decisiones políticas y sociales. Una revolución, porque este sistema no puede reformarse: sus raíces se hunden en el sinsentido y en la inhumanidad.
Todo lo demás son solo justificaciones, charlatanerías, distracciones para no ver la monstruosidad de este sistema que, en última instancia, no cree en el gran valor de la vida humana, en la grandeza de cada vida humana.
Dentro de mí resonaron las palabras de Silo: «…incluso la persona más «insignificante» es, por calidad humana, superior a cualquier individuo sin alma colocado en la cima de la coyuntura histórica».
Doy gracias a Chepy porque me ha ayudado a ver las cosas con mayor profundidad, y me siento cerca de su familia. Quiero recordarla con su tímida sonrisa, con sus ojos de un dorado suave que brillaban mirando al futuro. Su mirada es una promesa dirigida al porvenir. Hacia un mundo nuevo en el que, finalmente, triunfará el ser humano y las innumerables Chepy que poblarán nuestro planeta azul podrán, por fin, sonreír en paz y mirar al futuro con toda confianza y alegría.
Fuente: Gerardo Femina. PRESSENZA.COM

