
Por Alexandra Vega Rivera
La primera escena es la siguiente: un hombre inundado en llanto les pide perdón a las madres de dos muchachos civiles e inocentes por haber participado del asesinato de sus hijos. Ese hombre admitió haberlos entregado a un comandante del ejército colombiano indicando el lugar en el que fueron ejecutados. Ese hombre habla con dificultad porque el llanto es más fuerte, lee en una hoja, ese hombre visiblemente frustrado no encuentra palabras, no le alcanzan las lágrimas ni el castellano para pedir perdón, ese hombre habla en frente de un auditorio que lo observa conmovido, ese hombre, profundamente arrepentido, les pide perdón a las madres de los muchachos y mientras lo hace se refiere a una de ellas como “tía”. Ese hombre, cuando era militar, premeditó y participó del asesinato de su primo. En la segunda escena una nieta y su abuela se dirigen al hombre que cuando era militar ordenó la muerte de su familiar y le dicen que, sabiendo la dificultad que implica para ambas partes, ellas, las víctimas, quieren darle un abrazo como muestra de su perdón real y sincero hacía él. El hombre rompe en llanto y cae arrodillado frente a ellas, tapándose la cara, claramente compungido y avergonzado. Ellas se le acercan, flexionan sus cuerpos y lo rodean en un abrazo, repitiéndole que está perdonado.
Las escenas se han convertido en pensamientos recurrentes y me duelen. Me pregunto qué habrá pasado y cómo habrá sido el proceso individual de cada uno de esos hombres para que la construcción discursiva de un modelo de país y sociedad hubiera permeado de ese modo en sus subjetividades hasta llevarlos a matar a su propio pueblo, e incluso, a su propio primo. ¿Cómo se llega ahí? ¿Cómo llegamos ahí? Pero, sobre todo, ¿por qué a millones de colombianas y colombianos esto no les afecta y no les genera una pregunta o tan sólo un mínimo pensamiento? ¿De qué está hecha esta sustancia que anestesia el registro de la existencia del otro y, en consecuencia, anula también su vida? De desprecio, probablemente el sentimiento más arraigado en la sociedad colombiana.
Las escenas ocurren en el marco de las audiencias de reconocimiento de verdad y responsabilidad de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). Esas escenas de esos hombres arrepentidos suceden entre pares de nuestra misma especie, suceden en un auditorio en el que todo duele y el silencio corta porque son los espacios en los que victimarios admiten estos hechos frente a las familias rotas y generalmente pobres a las que el desprecio les legó tener desaparecidos. Las escenas de perdón y arrepentimiento no suceden bajo el techo de ningún templo ni credo sino en el marco de una justicia que tuvo que innovar para tratar de dirimir en medio de tantas décadas de muerte.
En las escenas no hay jerarquías ni hay desprecio y es eso probablemente lo que más me impacta. En las escenas nadie se regodea en lo bueno que es, en su nivel de rosarios al día y de fe, nadie muestra lo que tiene ni se jacta de lo que le sobra, nadie alardea ni hace ruido, nadie tiene sed de reconocimiento, nadie habla de plata, nadie muestra la plata, ni los títulos, ni sus inseguridades, las víctimas y los victimarios se miran de frente, no se señalan, y lo hacen con una entereza y esfuerzo que amilanan al más indolente y vulgar dizque defensor de la patria. Las escenas no son escenarios, no hay una pantomima patriótica montada ni hay una performance, son colombianos absolutamente rotos por la violencia y el desprecio inoculado en nuestro pueblo tratando de recomponer, por lo menos en algo, la incontable cantidad de heridas profundas que tenemos abiertas y hasta infectadas. Son colombianos de todos los bandos de la clase trabajadora y muchos de ellos campesinos, mejorándonos y curándonos el país.
Esas escenas resultan inocuas y vacías para millones de colombianos que, habitando ese profundo desprecio alimentado por el miedo, la sumisión, la culpa, la religión, el clasismo, la vergüenza, el narcotráfico y el ehtos narco, la acumulación, los excesos, la competencia y el estatus, alimentado por el qué dirán, por la permanente pulsión de aparentar y por el escalofriante modo de construcción de alteridad, todavía no se han dejado afectar por lo que realmente nos pasa como sociedad porque ese desprecio los pone en otro lugar y entonces los ubica siempre en un espacio distinto y superior al de los otros, llenándose de respuestas repetidas y vacías: así votan. Esos millones de personas necesitan regodearse de una supuesta clase a la que realmente, en Colombia, pertenecen muy pocos. En épocas electorales, sin embargo, pareciera que en esa clase entraran millones de personas provenientes de familias campesinas y trabajadoras que ahora son propietarias, tienen título universitario, viajan al exterior, tienen ahorros y hasta inversiones. Lo cierto es que, por muy incluidos que se sientan, los verdaderos miembros de esa clase saben que jamás los dejarán ser parte. Necesitan votar por la ultraderecha y se anclan a motivos vacuos y abyectos porque el marketing político asoció ese voto con una clase a la que anhelan, profundamente, pertenecer, porque repudian y desprecian lo que realmente son y terminan votando por seres que los desprecian a ellos y al país. El miedo nunca ha sido la guerrilla, la expropiación, volvernos el país vecino, el comunismo, el feminismo, el rayo homosexualizador y tantas otras categorías que repiten sin entenderlas, el miedo es perder el estatus por el que se endeudan y que los hace diferenciarse de los otros porque creen que la calidad de vida consiste en sentirse más que los demás y no en una cuestión de justicia social.
Las escenas, que suceden ahora mismo, muestran una Colombia real, doliente, entre gasas dejándose curar, muestran cómo los despreciadores y los despreciados se encuentran. Atesoro muchas cosas de ellas, pero lo que más valoro es que prueban que el desprecio se cura, que de ahí se vuelve y que es en esas escenas en las que se encuentran a ese Dios y esa patria que muchos otros invocan pero desconocen y que, no se dan cuenta, también desprecian. Escribo esto a unas horas de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia, probablemente la más importante en muchos años, pienso en mi país que tiene nombre de mujer, de madre soltera, y en la enorme lección que nos está dando al transitar un camino sumamente doloroso, lento y desconocido, el de la aceptación y el perdón. Pienso en que a pesar de lastimarla y despreciarla tanto, ella está ahí dándonos siempre una vida más. Esta vez, y a pesar de todo, nos está dando la oportunidad de una nueva escena en la que nos gobierna el hijo de un poeta.
Fuente: Redacción Colombia. PRESSENZA.COM

