Prosa poética
Frei Romero Fernández
A quienes nunca se van del todo, a quienes aprendimos a buscar en lo invisible, en lo que no se toca pero se siente. Porque basta alzar la mirada al cielo para notar su presencia, silenciosa pero constante, acompañándonos en cada paso, en cada recuerdo que se cuela sin avisar y en cada risa que, de alguna manera, todavía compartimos con ellos.
Están en el susurro del viento cuando sopla con fuerza, como si quisieran hablarnos sin palabras. Están en ese cielo azul que parece infinito, recordándonos que su esencia no tiene límites. Y cuando cae la noche, se esconden entre las estrellas, brillando con esa luz que no se apaga, como reflejo de la magia que dejaron sembrada en nuestras vidas.
Hay días en los que casi podemos sentirlos, como si rozaran el alma, como si su energía siguiera aquí, envolviéndonos. Porque no se trata de presencia física, sino de algo más profundo, más verdadero: lo que dejaron en nosotros, lo que nos enseñaron, lo que nos hicieron sentir.
Y es que hay cosas que no se pierden con el tiempo. Lo que se guarda en el alma no entiende de despedidas ni de finales. Permanece, crece, se transforma… pero nunca desaparece. Se queda en cada gesto, en cada recuerdo, en cada historia que volvemos a contar.
Por eso no es ausencia, es otra forma de estar. No es olvido, es memoria viva. Porque quienes han dejado huella de verdad, quienes han amado y han sido amados, no se van jamás. Siguen latiendo en nosotros, en lo que somos, en lo que sentimos.
Y así, entre el cielo, el viento y las estrellas, encontramos la certeza de que siguen aquí, de que siempre estarán.
Redacción España
Nota Original en: PRESSENZA.COM

