Juan Carlos Reyes. Constructor de parques y vínculos
Juan Carlos querido
El título podría ser el comienzo de un tango. No sé si a Juan Carlos le gustaba el tango, pero tenía un cierto aire tanguero, diría yo: una mezcla singular de profundidad, ironía, melancolía luminosa y una humanidad cercana que hacía fácil quererlo.
Lo conocí hace unos quince años, cuando comenzamos la construcción del Parque de Estudio y Reflexión Parc Òdena, en Catalunya. Juan Carlos fue uno de los grandes impulsores de aquel proyecto. Arquitecto de profesión y constructor por vocación, puso siempre su cuerpo, su inteligencia, su conocimiento y, por encima de todo, su buen humor al servicio de la obra común y de quienes la compartíamos.
Cuando quiero destacar lo mejor de una persona suelo decir que era “un buen tipo” (o tipa, o lo que sea, según el caso). Y Juan Carlos lo era en el sentido más pleno y profundo de la expresión. Solidario, disponible, generoso con su tiempo y con su experiencia. Me gustaba mucho compartir el momento con él; aunque hacía poco que lo conocía, creo que conectamos muy bien. Compartimos innumerables viajes a Òdena, largas conversaciones en carretera y también algún viaje memorable a Toledo. Era un tipo fácil para relacionarse, sin artificios ni complicaciones. A veces suelo cocinar “carne asada a la chilena”, siguiendo una receta que me dejó.
Había conectado con el siloísmo a principios de los años 70 del siglo pasado en su Chile natal. Participó en los retiros de Corfú en 1975 y poco después se estableció en Barcelona. Estuvo participando muy activamente hasta mediados de los 80. Regresó alrededor del 2010, que fue cuando lo conocí, y también se activó desde el principio. Porque Juan Carlos no era un observador pasivo, le gustaba participar activamente allí donde estuviera. Esta actitud lo llevó a formar parte de aquel grupo de amigos, “los constructores”, que, durante años, recorrió distintos países colaborando en la construcción de los Parques de Estudio y Reflexión. Allí donde hacía falta una mano experta, una solución ingeniosa o simplemente alguien dispuesto a trabajar, allí estaba él. Ayudó en la construcción de Park Schlamau, cerca de Berlín; en Park Pravikov, cerca de Praga; en Hudson Valley Park, cerca de Nueva York; en Parque Toledo, cerca de Madrid; y seguramente en algunos parques más que ahora mismo no recuerdo, pero que conservan algo de su esfuerzo, su entusiasmo y su humanidad. En cada uno de estos parques, además de nuevos espacios, dejó amistad, compromiso y una huella que permanecerá en esos lugares y en las personas que lo conocieron.









Estos son los testimonios de algunos de esos amigos:
“Recuerdo especialmente los desayunos en la cafetería bajo su despacho, organizando las tareas de construcción de Parc Òdena. Recuerdo las salidas de los sábados por la mañana rumbo al parque para reforzar vigas, reconstruir la cocina, levantar los baños o instalar la depuradora. Cada rincón del parque conservaba algo de él: su trabajo, su atención al detalle y el afecto puesto en las cosas bien hechas. Pero lo que más valoro son las conversaciones compartidas, su ingenio siempre despierto, su curiosidad inagotable, su agudeza intelectual, su amplia cultura, la calidez de su trato y ese entusiasmo con el que afrontaba cada proyecto”.
“Compartimos algunos viajes inolvidables, a Praga, para la inauguración de Park Pravikov; a París, para el Congreso del Centro Mundial de Estudios Humanistas en La Belle Idée; a Milán, para la inauguración de Casa Giorgi. Eran ocasiones de encuentro y amistad, pero también oportunidades para disfrutar de las visitas a edificios icónicos como la catedral de Notre-Dame o el Instituto del Mundo Árabe en París o la Casa Danzante de Praga, momentos en los que Juan Carlos disfrutaba de su pasión por la arquitectura y nos explicaba los detalles de los edificios”.
“Cuando llegó la enfermedad, tuvo que alejarse físicamente de muchas actividades, pero nunca se alejó de nosotros. En aquellos primeros momentos, Andrés, Xavi y él solían salir a caminar temprano por las mañanas. Xavi recuerda especialmente una fotografía de los tres en el parque de la Creueta del Coll, con una escultura de Chillida de fondo. Recuerda también la expresión de Juan Carlos en ese instante, cuando dijo simplemente: «Qué precioso momento». Esta frase resume algo esencial de su forma de estar en el mundo: la capacidad de reconocer la belleza, la amistad y el valor de cada instante compartido.”
«Cuando lo conocí, fue un guía y un referente en el trabajo que emprendimos: el intento de humanizar la Tierra. Aunque durante un tiempo perdimos el contacto, de nuestro reencuentro recuerdo especialmente su sonrisa y su tozudez para lograr que las cosas se hicieran bien, colaborando siempre con otros y tratando de actuar con coherencia entre nuestras acciones y los valores que queremos llevar al mundo.»
«Inteligente y brillante, poseía además un humor muy particular, fino y elegante. Sabía reírse con las personas, nunca de ellas. Tenía esa ironía amable que ilumina las dificultades sin herir a nadie y que tantas veces convirtió jornadas agotadoras en momentos memorables.»
Juan Carlos ha partido de este tiempo y de este espacio. Quedan sus obras, su familia, sus amigos, sus enseñanzas, los parques que ayudó a construir, los proyectos que impulsó, los vínculos que creó, el afecto y acompañamiento que brindó, la alegría que sembró y la confianza que inspiró.
Quienes creemos que la vida no termina en este tiempo y espacio podemos imaginar que su viaje continúa hacia la más hermosa ciudad de la Luz. Mientras tanto, aquí permanecen su legado, su ejemplo y una enorme gratitud.
Gracias, Juan Carlos, por todo lo construido. Por los parques, por la amistad, por las conversaciones, por las risas y por los caminos compartidos.
Hasta el próximo encuentro.
Redacción Barcelona
Nota Original en: PRESSENZA.COM

