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«El sueño mexicano»: las mujeres estadounidenses que se mudan a México para vivir con sus maridos deportados

Redacción 26/04/2026

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«El sueño mexicano»: las mujeres estadounidenses que se mudan a México para vivir con sus maridos deportados

Por Cecilia Barría. BBC News Mundo. 20 abril 2026

Le pareció extraño que su esposo la llamara por teléfono unos minutos después de haber salido de la casa rumbo al trabajo.

Mientras la línea telefónica permanecía abierta, escuchó que la policía migratoria lo estaba arrestando.

En ese momento entendió que su vida cambiaría para siempre. Pero lo que no imaginó es que terminaría viviendo en México con su esposo y sus dos hijas pequeñas.

«No hay nada más importante que estar juntos», dice la estadounidense Janie Hughes, que no habla español, a pesar de lo difícil que es comenzar desde cero en un país desconocido.

Este tipo de decisiones están enfrentando las familias de estatus migratorio mixto (un cónyuge estadounidense y el otro cónyuge indocumentado), luego de que Donald Trump incrementara las detenciones y las deportaciones de ciudadanos extranjeros en situación irregular en EE.UU. desde el inicio de su segundo mandato en enero de 2025.

Otras parejas, como la que forman Raegan Klein y Alfredo Linares, han preferido irse voluntariamente a vivir al otro lado de la frontera para evitar el riesgo de deportación.

«Si le pasaba algo, jamás podría perdonármelo», dice Klein desde Puerto Vallarta, México.

En BBC Mundo te contamos la historia de estas dos estadounidenses que, junto a sus esposos, están iniciando una nueva etapa de sus vidas en México.

«Tenía lágrimas de felicidad cuando volví a verlo»

Salió de la casa a las 6:30 de la mañana rumbo al trabajo el 23 de octubre del año pasado.

Alejandro Pérez se despidió de su esposa, Janie, y sus dos hijas pequeñas, Luna y Lexie, antes de cerrar la puerta.

Lo que no sabía en ese momento es que esa mañana sería la última vez que estaría en su hogar de St. Louis, Misuri, Estados Unidos.

Unos 15 minutos después, Janie recibió una llamada de su marido diciéndole «creo que ICE está aquí», refiriéndose a los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas.

La familia Pérez en Misuri, EE.UU., con una de sus hijas recién nacida.
La familia Pérez en Misuri, EE.UU., con una de sus hijas recién nacida.

Pie de foto,«Caí al suelo de rodillas llorando sin parar», cuenta la estadounidense de 29 años. Fuente de la imagen, Gentileza Janie Pérez

«Nos pusimos a orar», cuenta Janie, hasta que le hicieron bajar del auto.

En ese momento ella oyó que un agente le dijo: «Alejandro Pérez, tenemos una orden de arresto en su contra». Luego, la llamada se cortó.

«Caí al suelo de rodillas llorando sin parar», cuenta la estadounidense de 29 años.

Siendo cocinero, esa misma noche Alejandro iba a preparar tacos al pastor en la iglesia presbiteriana a la cual pertenecen desde hace años.

La cena tuvo que ser suspendida luego de que se conociera la noticia de la detención.

Al ser indocumentado, los dos sabían que el escenario más probable era la deportación a México. Y así fue.

La idea de separar a su familia, dice Janie Pérez, era «simplemente inconcebible», aunque tuviera que dejar atrás su vida en Misuri y comenzar una nueva vida en un país completamente desconocido para ella.

«No hay nada más importante que estar juntos», subraya en diálogo con BBC Mundo.

Para los Pérez, la religión ha sido una parte fundamental de su relación desde que se conocieron en 2019, cuando trabajaban en el mismo café donde él cocinaba y ella era mesera.

«Él también era un hombre de fe y eso fue algo muy importante para mi», cuenta Janie.

Con el paso del tiempo decidieron casarse y, como Alejandro era indocumentado, fueron a consultar a un abogado para tratar de regularizar su situación.

Las gestiones no fructificaron y, aunque sabían que él estaba expuesto al peligro de ser arrestado, intentaron seguir con su vida de la manera más normal posible.

Hasta que todo se derrumbó cuando fue detenido por agentes de ICE.

El reencuentro de la familia Pérez en el aeropuerto de Querétaro, México.

De ahí en adelante, cuenta Janie, quedó claro que la próxima parada de su esposo sería México. ¿Pero cuánto tiempo pasaría detenido a la espera de la deportación?

Mientras esperaban la decisión del juez, un domingo ella lo sorprendió cuando fue a verlo al centro de detención. «Como no podíamos tocarnos, pusimos las manos frente a frente separados por un vidrio», cuenta la estadounidense. «Y llorábamos juntos».

Ella también tuvo la oportunidad de verlo desde la distancia en cada una de las audiencias judiciales, esposado de pies y manos, y con cadenas en la cintura. «Era desgarrador verlo así», dice.

Pero la ley es la ley. Pérez ingresó indocumentado a Estados Unidos y eso constituye un delito.

Si las leyes son claras al respecto, ¿por qué el país debería permitirle quedarse?, le pregunto.

Su esposo nació en Michoacán, explica, uno de los estados donde las organizaciones criminales tienen su centro de operaciones y en el que -bajo amenazas- reclutan a niños y jóvenes para trabajar con ellos.

Pérez cruzó por primera vez la frontera junto a su padre cuando tenía unos 7 años.

Aunque volvieron a su país de origen, unos años después Alejandro decidió probar suerte viajando en dos ocasiones a EE.UU. sin autorización.

En total, vivió cerca de 16 años como migrante indocumentado.

«Aunque cruzó sin autorización, pienso que él tomó una decisión moralmente correcta cuando viajó a EE.UU.», argumenta su esposa, porque buscaba tener oportunidades y una vida lejos de las organizaciones criminales.

«Todos estos años se ha dedicado a trabajar y no tiene antecedentes penales», afirma.

Pero las decisiones de las cortes no hacen ese tipo de distinciones morales, le digo.

«Lamentablemente no», responde. Pero lo que está pasando ahora, con las detenciones masivas, explica, es que no distinguen entre personas acusadas de crímenes violentos y personas que nunca le han hecho nada a nadie.

«Eso me hace pensar que muchos quieren que este sea un país solo de blancos. Yo soy blanca y eso no me hace mejor persona».

Esta entrevista fue hecha a comienzos de marzo, cuando la expulsión de su esposo era inminente. Y así ocurrió. El 11 de marzo fue deportado a México.

Unos días después, ella viajó a México con sus dos hijas.

«Tenía lágrimas de felicidad cuando volví a verlo en el aeropuerto», dice la estadounidense a través de una videollamada junto a su marido, desde el estado de Querétaro.

A él le pasó lo mismo. Cuando vió que su hija de 3 años, Luna, se acercaba a abrazarlo, sintió una profunda emoción. «No se puede explicar con palabras», dice.

Pero esa felicidad ha estado acompañada de momentos muy duros. A veces se siente confundido, dice Pérez. Despierta en mitad de la noche, mira alrededor y se pregunta: ¿es verdad todo esto?

Aún no sabe cómo logrará adaptarse a un país que a ratos se le hace ajeno. «Hasta ahorita siento que todo esto es un sueño, pero creo en Dios y sé que él lo hizo con un propósito».

Tags: EEUU México Pareja Violencia Política Violencia Racial

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