
La costumbre de las notas necrológicas parece exigir el tono de una despedida amorosa que, muchas veces, desdibuja la estatura existencial del necrologizado.
En el caso de Juan José (Pescio), limitarse a su curriculum y a sus virtudes, siento que no le hace justicia. No por vicio profesional sino por afecto, intentaré mejorar su estampa. Inevitablemente, tengo que referirme a lo poco (y mucho) que viví con él, así que sabrán disculpar mi presencia.
Lo conocí en una reunión cuando con Oscar Varela eran los enviados para bajar las pautas de la Religión Interior, cuando yo acababa de ingresar a la entonces “Cosa” o Movimiento. Una de sus especialidades, explicó con claridad y precisión el mecanismo de la atención dirigida que venía a reemplazar los trabajos anteriores con la atención. Y siguió su ronda con Oscar, por el resto del país.
Para él, después fue Europa, Corfú en 1975 y luego, Canarias en 1976. Volvió con Luis Ammann, ambos a cargo de la coordinación de la reproducción del Libro de Escuela, y yo, que venía destacándome a fuerza de intelecto puro, fui a dar en el primer escalón de la reproducción, directamente con él. Crítico obsesivo como soy, no era grato tenerme como receptor de información de la que él era el titular de la transmisión. Era (y no sé cuánto cambié) un grano en el tujes y Juan, se fastidiaba bastante. Tengo que reconocer que con motivo.
Después convivimos un mes en el retiro de Claromecó y mi soberbia no la hizo fácil. Ya en la Orden, coordinó el único retiro que se hizo y fue entonces que mi creencia encontró su límite. Un día, en un intercambio, yo proclamaba la necesidad de una pureza inmaculada en la conducta y él me cortó en seco: “esto no es una comunidad de santos”. Y eso, fue todo.
Vino la onda del curso rápido de distensión y patinó. Comenzó una carrera de conferencista aquí, en Uruguay y finalmente, en México una tormenta lo despistó. Lo dejó en tierra y no llegó a una reunión donde se decidía el encuadramiento. No recuerdo los detalles pero a partir de ahí le perdí el rastro por años. Por ese entonces, con mi mujer montamos un centro para dar conferencias sobre distensión, y me despisté yo. Curiosa simetría. De hecho, éramos dos parejas promoviendo el tema de las conferencias y la competencia era clara aunque amigable. Y nosotros, nos embarazamos y no fuimos a Canarias, a la reunión de 1978 donde Silo convocó a todos. Ahí comencé mi caída.
Vagas noticias tuve de tanto en tanto hasta que más de 15 años después topé con amigos que estaban trabajando con él y supe que se había dedicado a estudiar Ciencias de la Educación y había hecho una interesante carrera en instituciones educativas. En principio, lejos del Movimiento, al que fue volviendo de a poco, armando grupos otra vez.
Su paciencia y tesón se coronó con la creación de los Consejos por la No Violencia Activa, pero esto no es más que lo manifiesto que, por supuesto, no es poco. Pero el Silencio, no se aprende en reuniones.
Juan fue un asiduo buscador en monasterios, a los que iban con quien fue su inseparable compañero de aventura, Ricardo Lucero. Claro que no era por profesión de cristianismo, el que me había llevado al enfrentamiento en aquel retiro (el mío, claro). Por esa simetría que señalé, hoy sé que estaba domando su demonio interno, de lo que carezco de detalles porque nunca hablamos del tema. Su posición frente al Movimiento, del que yo era un “sarracérrimo” y ortodoxo seguidor, impidieron que yo me acercara.
La insoportabilidad era recíproca cada vez que nos veíamos, que por suerte, fueron muy pocas. Hasta que a Silo se le ocurrieron las Jornadas de Reconciliación en Punta de Vacas. Culo inquieto, yo que siempre escuchaba embelesado, esta vez me dió por acercarme a Silo y estaba rodeando el intrincado cordón humano que lo rodeaba junto al Monolito, en el momento que hablaba (creo recordar) de meterse en la piel del enemigo. Yo, iba concentrado en esas palabras que removían mi corazón y, al mismo tiempo, esquivando pedruzcos para no resbalar. De sopetón, topo con Juan. Nos vimos, nos miramos y nos fundimos en un abrazo que hizo innecesaria toda explicación. Él, muy conmovido (yo, no menos), con los ojos brillantes de lágrimas y la voz entrecortada, dijo: “esto es lo más parecido a la Ciudad Escondida”. Y de su corazón brotó una onda que materializó lo que, visiblemente, era su mayor anhelo.
Casi no nos vimos después, salvo una visita donde Pina hace años y el abrazo de despedida en Parques La Reja, cuando su cumple, hace un par de meses.
Así que, aunque se me escape más de un lagrimón, sé que está feliz porque cumplió su anhelo y, a esta hora ya debe haber atravesado los muros sentidos que, para él, se abrieron de par en par dejando ver una mesa servida con dos cafés y al lado, una Presencia con los brazos abiertos.
Fuente: Néstor Tato. PRESSENZA.COM

