Nación humana universal: la otra mundialización
Por Jorge Pardés
Crónica y reflexión sobre la Quinta Asamblea del Foro Humanista Mundial que debatió sobre transformación social y humanismo
Mientras las noticias internacionales siguen dominadas por guerras, rearme, disputas geopolíticas, desplazamientos forzados de población y crisis de representación política, durante los días 23 y 24 de mayo se realizó la Quinta Asamblea del Foro Humanista Mundial. Participaron personas y organizaciones provenientes de más de cincuenta países, vinculadas a ámbitos tan diversos como la educación, los derechos humanos, la cultura, la comunicación, la acción comunitaria, la política, la espiritualidad, el pacifismo y el trabajo social.
A primera vista puede confundirse con uno de los tantos encuentros internacionales que proliferan en el mundo contemporáneo. La Asamblea configuró algo diferente: no fue un acontecimiento aislado ni una conferencia ocasional, sino la expresión de un proceso que lleva más de tres décadas trabajando en la construcción de espacios de convergencia entre personas, organizaciones y corrientes de pensamiento que comparten una preocupación común: cómo avanzar hacia un mundo sin violencia y con el ser humano colocado como valor central.

La pregunta es sustancial. En un tiempo atravesado por el crecimiento de los conflictos armados, la concentración económica, el deterioro ambiental y la fragmentación de los vínculos sociales, escasean los espacios capaces de pensar el futuro desde una perspectiva global sin reproducir las mismas lógicas de competencia, exclusión y violencia que organizan el presente. En ese contexto, la existencia misma del Foro Humanista Mundial constituye un hecho político y cultural de imprescindible atención.
Si la globalización dominante se expresa a través de mercados concentrados, corporaciones transnacionales, alianzas militares y disputas entre potencias, otra globalización avanza silenciosamente desde hace décadas. No se construye desde los centros de poder sino desde la articulación de experiencias humanas dispersas en los más diversos ámbitos. Es una red que conecta culturas, sensibilidades y proyectos colectivos alrededor de una convicción profundamente transformadora: que la diversidad humana no es un problema a resolver ni una diferencia a tolerar, sino la condición indispensable para construir un destino común.
En ese marco, la Quinta Asamblea del Foro Humanista Mundial representó una nueva etapa en el fortalecimiento de una red internacional que no se limita al intercambio de ideas o declaraciones. Se trata de un ámbito permanente de encuentro, articulación y acción, donde personas de distintas culturas y trayectorias comparten experiencias, elaboran propuestas y buscan respuestas comunes a problemas que, aunque se expresan de manera diferente en cada lugar, forman parte de una misma crisis global.
La historia del Foro Humanista Mundial comenzó en octubre de 1993, en Moscú. Allí, Mario Luis Rodríguez Cobos, conocido internacionalmente como Silo, recibió el título de Doctor Honoris Causa otorgado por la Academia de Ciencias de Rusia por sus aportes al humanismo y la no violencia. En ese contexto se realizó el Primer Foro Humanista Mundial, concebido como un espacio abierto de intercambio entre personas e instituciones provenientes de las más diversas culturas.
La propuesta partía de una observación que, más de treinta años después, conserva plena vigencia. Mientras avanzaba un proceso de mundialización económica, tecnológica y cultural sin precedentes, las respuestas a los problemas globales continuaban encerradas en intereses nacionales, disputas de poder y visiones fragmentadas de la realidad. Frente a ello, el Foro afirmaba la necesidad de construir ámbitos permanentes de información, intercambio y discusión entre personas y organizaciones capaces de pensar el destino humano en una escala acorde a los desafíos de la época. Porque detrás de cada crisis económica, conflicto armado, desplazamiento poblacional o deterioro ambiental existen seres humanos concretos cuyas posibilidades de vida, desarrollo y futuro resultan afectadas. Los problemas globales no son abstracciones: atraviesan la experiencia cotidiana de millones de personas y se expresan en el sufrimiento individual y colectivo.
En aquella intervención fundacional, Silo planteó que la diversidad de posiciones, valoraciones y estilos de vida no desaparecería bajo las tendencias uniformadoras que acompañaban el proceso de globalización. Por el contrario, sostuvo que una futura Nación Humana Universal sólo podría construirse reconociendo y articulando esa diversidad. La unidad, desde esta perspectiva, no surge de la homogeneización sino de la convergencia voluntaria entre individuos y pueblos diferentes.
Lejos de quedar limitada a una experiencia puntual, aquella iniciativa se expandió rápidamente. A los encuentros mundiales de Moscú, México y Santiago de Chile les siguió un proceso de regionalización que multiplicó foros en América Latina, Europa, África, Asia y América del Norte. Con el tiempo fue configurándose una red internacional integrada por organizaciones sociales, educadores, artistas, referentes comunitarios, activistas por la paz, defensores de derechos humanos y personas provenientes de las más diversas tradiciones culturales y espirituales.
Más que una estructura centralizada, el Foro fue consolidándose como una trama de relaciones humanas sostenida por miles de personas que, desde realidades muy distintas, comparten una misma aspiración: acabar con la violencia y superar el sufrimiento humano, ampliando las posibilidades de una convivencia basada en la reciprocidad, la dignidad y el reconocimiento mutuo.
Una de las características distintivas de esta Quinta Asamblea fue la fuerte presencia africana en las distintas mesas de trabajo y en la conducción general del encuentro. No se trató de un dato meramente organizativo. La participación de referentes provenientes de distintos países africanos expresó también la maduración de un proceso histórico más amplio. Después de siglos de colonialismo, expoliación y subordinación cultural, numerosas voces africanas reclaman hoy un lugar propio en la construcción de los relatos sobre el presente y el futuro de la humanidad. El Foro Humanista Mundial aparece como uno de los ámbitos donde esas voces no sólo encuentran espacio para expresarse, sino también para impulsar iniciativas, coordinar acciones y asumir responsabilidades de conducción en igualdad de condiciones con participantes de cualquier otra región del mundo.
Convergencia en la diversidad
La diversidad constituye uno de los fundamentos del Foro Humanista Mundial. La Quinta Asamblea reunió experiencias provenientes de contextos políticos, culturales, religiosos y sociales muy distintos, que sin embargo convergieron alrededor de preocupaciones comunes. La creciente concentración de la riqueza, el debilitamiento de los mecanismos de representación democrática, la expansión de distintas formas de violencia, la mercantilización de aspectos cada vez más amplios de la vida social y el avance de discursos que promueven la discriminación y la exclusión aparecieron como expresiones diversas de una misma crisis global.

Frente a ese panorama, las intervenciones no se limitaron al diagnóstico. Uno de los rasgos distintivos del Foro Humanista Mundial es que articula reflexión y acción. No se trata únicamente de analizar la realidad, sino también de generar iniciativas concretas en el medio inmediato donde cada persona y cada organización desarrollan su actividad. La transformación social no aparece concebida como el resultado de decisiones tomadas desde las cúpulas del poder, sino como una construcción que se despliega desde la base social a través de múltiples acciones convergentes.
Esa transformación no se plantea únicamente en el plano social. También involucra a cada persona y a la relación consigo misma y con los demás. La coherencia entre lo que se piensa, se siente y se hace; la superación de las distintas formas de violencia y sufrimiento que atraviesan la experiencia humana; y la práctica cotidiana de la Regla de Oro —tratar a los demás como uno quiere ser tratado— aparecen como referencias permanentes de una transformación que busca expresarse simultáneamente en el ámbito interno, en la vida personal y en la organización social. Se trata de una mirada que concibe el cambio humano como un proceso integral, capaz de transformar al mismo tiempo a las personas y a las sociedades que estas construyen.
Esa perspectiva estuvo presente en las experiencias compartidas durante la Asamblea. Desde proyectos educativos orientados a la construcción de una cultura de paz hasta iniciativas desarrolladas en contextos de encierro, pasando por actividades artísticas, acciones comunitarias, campañas por el desarme nuclear, propuestas vinculadas a la renta básica universal y proyectos de cooperación entre organizaciones de distintos países. La diversidad de temas no expresó dispersión sino una comprensión amplia de los desafíos que enfrenta la humanidad contemporánea.
La idea de Nación Humana Universal, que atraviesa toda la historia del Foro, apareció así despojada de cualquier carácter abstracto. No fue presentada como una meta distante ni como una formulación ideal. Surgió como una dirección de trabajo que se construye cotidianamente a través de prácticas concretas de solidaridad, cooperación, no violencia, reciprocidad y reconocimiento mutuo entre personas y comunidades de distintas partes del mundo.
Esa perspectiva quedó sintetizada en una de las intervenciones centrales de la Asamblea. En representación de la Mesa de Derechos Humanos, Lía Méndez recordó los seis puntos que caracterizan la actitud humanista: la afirmación del ser humano como valor central, la igualdad de todas las personas, el reconocimiento de la diversidad, la libertad de creencias e ideas, el desarrollo del conocimiento por encima de prejuicios y dogmatismos, y el repudio a toda forma de violencia. Más que una enumeración de principios, la exposición propuso una lectura del presente y una orientación para la acción en un momento histórico atravesado por nuevas formas de sufrimiento, exclusión y deshumanización.
Derechos humanos para una nueva etapa
Entre las distintas mesas temáticas que integran el Foro Humanista Mundial, la de Derechos Humanos aportó una de las reflexiones más profundas sobre el momento histórico actual. Lejos de limitarse a la denuncia de violaciones o al seguimiento de situaciones específicas, las exposiciones plantearon la necesidad de volver a discutir los fundamentos mismos de los derechos humanos y su papel en la construcción del futuro.
La preocupación surge de una constatación evidente. Mientras los instrumentos internacionales de protección de derechos alcanzaron durante las últimas décadas niveles de desarrollo impensados para generaciones anteriores, amplios sectores de la población continúan viendo vulneradas las condiciones básicas para una vida digna. El acceso a la alimentación, la vivienda, la salud, la educación, el trabajo, la comunicación, la energía y un ambiente saludable sigue estando condicionado por desigualdades económicas y sociales que afectan a millones de personas en todo el planeta.
Desde esta perspectiva, los derechos humanos aparecen no sólo como un conjunto de normas destinadas a limitar abusos del poder, sino también como una herramienta para pensar la organización misma de la vida social. La pregunta deja de ser únicamente cómo proteger derechos ya reconocidos y pasa a ser cómo construir sociedades capaces de garantizar efectivamente la dignidad humana en un contexto de transformaciones tecnológicas, ambientales, económicas y culturales sin precedentes.
En ese marco se planteó la necesidad de recuperar una mirada humanista sobre los derechos humanos. Una mirada que coloque nuevamente al ser humano en el centro de las decisiones políticas, económicas, culturales y tecnológicas, y que permita evaluar instituciones, políticas públicas y procesos de transformación social según su capacidad para favorecer la superación del sufrimiento y la ampliación de la libertad humana. Si las declaraciones y tratados internacionales fueron respuestas históricas a las necesidades y conflictos de su tiempo, las transformaciones actuales obligan a abrir la discusión sobre los derechos humanos del futuro. La inteligencia artificial, las nuevas formas de concentración económica, los desafíos ambientales, los desplazamientos poblacionales y las mutaciones en las relaciones sociales exigen nuevas respuestas acordes a una realidad en permanente transformación.
La reflexión sobre la justicia siguió una dirección similar. Frente a modelos centrados exclusivamente en el castigo, diversas intervenciones recuperaron experiencias y enfoques orientados a la reparación del daño, la reconstrucción del tejido social y la búsqueda de respuestas capaces de abordar las causas profundas de los conflictos. No se trata de sustituir la justicia por la comprensión ni de renunciar a la responsabilidad frente a los hechos cometidos, sino de ampliar la mirada para incorporar dimensiones que permitan avanzar hacia sociedades menos violentas.
A lo largo de los debates apareció una convicción compartida: los derechos humanos no constituyen una construcción terminada. Son una conquista histórica siempre inacabada, un proceso en permanente ampliación y una herramienta imprescindible para orientar la acción colectiva en tiempos de incertidumbre. Hablar de derechos humanos hoy implica defender las conquistas alcanzadas, pero también imaginar y construir las condiciones que permitan a las próximas generaciones vivir en sociedades más justas, libres y humanas.
La otra globalización
En una época que parece empujar a las sociedades hacia la fragmentación, la competencia permanente y la naturalización de la violencia, resulta difícil encontrar espacios donde personas provenientes de culturas, historias y realidades tan diferentes se reúnan para pensar un destino común.
La Quinta Asamblea del Foro Humanista Mundial dejó precisamente esa imagen. Durante dos días se cruzaron experiencias nacidas en contextos muy distintos, pero atravesadas por preguntas semejantes. ¿Qué hacer frente a un mundo que concentra cada vez más riqueza y poder? ¿Cómo reconstruir los vínculos sociales erosionados por la exclusión, la discriminación y el individualismo? ¿Qué horizonte ofrecer a las nuevas generaciones en un tiempo marcado por la incertidumbre?
Las respuestas no aparecieron bajo la forma de un programa cerrado ni de una verdad revelada. Surgieron en los intercambios, en los relatos compartidos, en las iniciativas que ya están en marcha en distintos lugares del mundo y en la convicción de que los grandes cambios históricos comienzan muchas veces de manera silenciosa, allí donde las personas deciden encontrarse, escucharse y actuar junto a otros.
Tal vez por eso el dato más significativo de esta Asamblea no haya sido la cantidad de participantes, la diversidad de países representados o las declaraciones aprobadas. Tal vez haya sido la constatación de que, incluso en medio de una época convulsionada, siguen multiplicándose las experiencias que se niegan a aceptar la violencia como destino y la deshumanización como horizonte.
Mientras buena parte del debate público gira alrededor de fronteras, mercados, liderazgos y disputas de poder, cientos de personas reunidas en esta Quinta Asamblea volvieron a colocar en el centro otra pregunta: qué significa ser humano en el mundo que estamos construyendo.
No parece una pregunta menor. Quizás sea, precisamente, la más importante.
Y acaso allí resida la vigencia de una aspiración que atraviesa la historia del Foro desde sus orígenes: la intuición de que la humanidad comparte un destino común y de que el futuro no está escrito de antemano. Que cada acto de solidaridad, cada esfuerzo por superar la violencia, cada gesto de reciprocidad y cada intento por acercar a personas y pueblos que parecían distantes forman parte de una misma construcción. Una construcción convergente, diversa y profundamente humana. Todavía inconclusa. Pero ya en marcha.
Redacción Argentina
Nota Original en: PRESSENZA.COM

