
Por: Marta Lozano
Durante mucho tiempo se creyó que el camino consistía en acumular comprensiones, experiencias, respuestas. Parecía que siempre faltaba algo. Un paso más, una certeza más.
Sin embargo, hay momentos en los que algo se detiene porque la propia necesidad de concluir comienza a perder fuerza.
Entonces, aparece un silencio diferente. Un silencio de quien deja de levantar muros dentro de sí: ya no necesita defender una imagen, sostener una explicación ni aferrarse a una identidad determinada. Algo se afloja, cae y aparece un vacío “fértil” capaz de contenerlo todo.
En ese espacio sin límites, comienzan a disolverse las fronteras habituales entre pasado, presente y futuro. El tiempo deja de sentirse como una sucesión de acontecimientos que arrastran la vida y comienza a aparecer como una totalidad desplegada ante la conciencia. Se comprende entonces que el espacio y la distancia son modos de ordenar la experiencia.
Y cuando se profundiza en ese vacío, la mirada deja de apoyarse exclusivamente en los objetos, no queda fascinada por las formas y acontecimientos. Empieza a intuir aquello que está detrás de toda forma, aquello que constantemente da nacimiento a lo nuevo. Es difícil hablar de esto porque no pertenece al mundo de las explicaciones, se reconoce con registros.
La búsqueda de lo sagrado deja de proyectarse hacia lugares, personas especiales o experiencias extraordinarias. Lo eterno empieza a insinuarse en lo cotidiano: aparece en una calle cualquiera, en un árbol movido por el viento, en una conversación sencilla… porque la mirada ha cambiado. La conciencia deja de perseguir y comienza a reconocer, comprende que aquello que buscaba siempre estuvo presente.
Lo externo y lo interno dejan de ser dos realidades separadas: se muestran como dos expresiones de un mismo movimiento. Y la urgencia de encontrar respuestas se debilita, la necesidad de convertirse en alguien desaparece, la búsqueda misma se consume. Queda solamente una dirección silenciosa que no necesita justificaciones. Quizás por eso, el amor aparece al final del camino y también al principio como la sustancia misma de una conciencia que ha dejado de dividir la realidad entre aquello que acepta y aquello que rechaza.
Tal vez la meditación profunda no sea otra cosa que el descubrimiento de ese estado. Un estado en el que nada sobra y nada falta. Un estado en el que el vacío se revela como plenitud.
Quizá por eso, al salir de ese silencio, nada parece extraordinario y, sin embargo, todo ha adquirido una profundidad nueva. La realidad no ha cambiado, ha cambiado la forma de estar en ella. La vida deja de experimentarse como un problema que resolver y comienza a vivirse como un misterio que puede ser habitado. Y en esa presencia serena, donde cesa el afán de poseer, explicar o alcanzar, la conciencia descansa por fin en aquello que siempre la había estado sosteniendo.
Fuente: Redacción Chile. PRESSENZA.COM

